El estrés y las pataletas
El estrés infantil es uno de los factores principales asociados a la frecuencia e intensidad de las pataletas, que precisamente son descargas de energía y toxinas acumuladas. Entendemos por estrés todo aquello que obliga a la criatura a hacer un sobreesfuerzo para adaptarse a situaciones que no corresponden con sus necesidades.
Son estresantes las prisas, los horarios largos y densos de escuelas y padres, el abuso de desplazamientos o la falta de tiempo para el juego libre, pero también cosas menos evidentes como el exceso de televisión, los espacios poco adecuados, los problemas familiares, el cambio frecuente de personas de referencia, o la ausencia de los padres. Si nuestra hija o hijo está estresado, ¡bienvenida la pataleta! ¡Puede ser la mejor manera de desintoxicarse de tanta tensión!
Acompañar a la criatura
Que la pataleta sea normal no quiere decir que a nosotros no nos cueste aceptarla. Los padres también vamos bastante estresados, y además tenemos tendencia a pensar que las criaturas razonan como nosotros, pero no es así. Cuando un niño de 3 años está gritando y protestando porque no le hemos comprado aquella golosina tan deseable (o peo aún, porque no nos parece adecuado que quiera llevarse 10 paquetes de galletas del súper, o que quiere quedarse dentro del metro cuando ya hemos bajado...), no espera un argumento, ni tampoco quiere calmarse: ¡eso es lo que queremos nosotros! Pero como no se calma, ni con argumentos ni con nada, lo más probable es que hagamos de todo, desde amenazar a ceder, para que "pare el numerito" (que acostumbra a ser en medio de la calle, del autobús, de una tienda), mientras nos tensamos cada vez más y no ayudamos apenas a que él o ella se tranquilice. El resultado es que el niño comprueba, perplejo, que su pataleta -en principio espontánea y apenas una reacción física- puede tener algún efecto, ya sea al provocar atención y emoción en el adulto, ya sea conseguir lo que pedía. Muchas criaturas aprenden en esta edad que, en un momento dado, una buena pataleta puede tener efectos interesantes.
Pero vale la pena ver qué le pasa a la criatura. El niño o niña nos hace demandas, a veces no realizables a pesar de que él o ella no lo entienda, y otras veces sabiendo que no lo son (como aquella niña que quería quedarse a dormir en la calle). Dependiendo de su estado, de la acumulación de frustraciones y el estrés y de las necesidades del momento (sueño, hambre, atención ... y hasta necesidad de llorar y gritar), es posible que estalle en una ruidosa pataleta. ¿Qué necesita? Antes que nada, necesita sentir que aquella mezcla explosiva de emociones es válida, que no la censuramos y que la acompañamos.
Con acompañar a la criatura nos referimos a mostrarle que la queremos, que estamos allí, respetando su proceso, sin intervenir pero sin abandonarle. Esto es posible quedándose a su lado, observando con calma su comportamiento, quizás describiéndolo ("estás gritando mucho, parece que tienes ganas de pegarme..."). También podemos probar de poner nombre a sus sentimientos, describiendo lo que ha pasado ("querías el caramelo y mamá no te lo ha comprado, ¿verdad? Y te has enfadado mucho") o hasta mirando más allá ("debes estar muy cansada", o bien "me parece que tienes ganas de que esté por ti"). En el primer momento seguramente no querrá contacto físico, pero estemos pendientes de cuando éste sea posible, ya que un abrazo le hará saber que continuamos queriéndole, y además, servirá de contención.
Mantener la calma
Buena parte de las pataletas tienen lugar en el peor momento. ¿Por qué? Pues seguramente porque también es el peor momento para la criatura. Si tu vas estresado, tu hijo también, y la pataleta tiene muchos puntos para aparecer. Quizás nuestro estrés haga que estemos desatendiendo sus necesidades, y tarde o temprano nos las hará saber. Esto puede explicar también porque nos cuesta afrontar una pataleta: ¡porque es justo lo que menos estamos dispuestos a hacer en aquel preciso instante!
También hay otra razón para no soportar las pataletas: la presión social. Una criatura haciendo pataletas en medio del metro llama la atención. No todos estamos dispuestos a soportar cientos de miradas que, a nuestros ojos, pueden estar diciendo "qué madre con tan poca autoridad", "seguro que tiene hambre y este padre no se da cuenta", o "¡que lo haga callar como sea!". En realidad, nos enfrentamos a la contradicción entre nuestros instintos y lo que nos han inculcado desde pequeños sobre el llanto, la buena educación, las emociones, la autoridad... Hemos de entender, sin embargo, que frente a su sobredosis de adrenalina y otras hormonas, lo que la criatura espera es encontrar seguridad, contención y amor incondicional. Si no hemos acostumbrado a los niños a las reacciones extremas, la pataleta es tan espontánea como el hambre: de entrada no intenta manipular, simplemente se expresa. Frente a la elección entre la presión de los espectadores adultos de la pataleta que "exigen" una respuesta o nuestra criatura, que necesita otra, ¿con qué nos quedamos?
Entender todo esto nos puede ayudar a estar más enteros frente a las pataletas de nuestros hijos, acompañarlas y, más tarde, mostrarles otra manera de canalizar las emociones. Como, por ejemplo, que nuestra hija pueda decirnos "¡estoy muy enfadada contigo!" en lugar de darnos un golpe, o sencillamente poner nombre a la verdadera necesidad del momento: "me parece que tienes mucho sueño", y también explicarles, si es posible, como frente a una frustración puede haber elementos "de esperanza": "ahora no compramos la golosina porque acabas de comerte un caramelo, pero recuerda que para cenar ¡haremos macedonia!" Claro que ésa no es la "chuche" que él quería, pero es que así es la vida: a menudo no es como esperábamos, pero puede resultar sorprendente igualmente y quizás al final hasta nos reímos.
Cosa que, si recordamos de vez en cuanto nosotros mismos y transmitimos por tanto a nuestros hijos "por contagio", no deja de ser una sana lección de vida... que se acaba aprendiendo después de muchas pataletas.
Miquel Àngel Alabart es psicopedagogo y editor de la revista Crianza Natural.
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